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La creatividad en la palabra / interpretación

Actualizado: 25 jul 2020



De Pico della Mirandola a Leonardo da Vinci, cuando este último dijo que «una obra de arte no se termina, sino que se abandona».


¿Cuántas vueltas le habéis dado a un parlamento mientras lo escribíais? Si el proceso creativo sobre un mismo objeto no tuviera fin, podríamos improvisar eternamente sobre un mismo tema, si es que tuviéramos la sabiduría adecuada para investigar y cuestionar constantemente el objeto. Así que llega un momento en el que se abandona el proceso creativo y damos la obra por finalizada. El tema es cómo saber si aquel parlamento que daréis por válido, tiene las cualidades creativas suficientes como para entusiasmar al público y conseguir vuestro objetivo. Al final de este escrito, si es que consigo hacerlo bien, os daréis cuenta de que el objetivo de un orador está en colocarse por encima de la escritura. Los términos «conflicto», «deseo», «razones», «fórmula», «estrategia», etc. tienen como objetivo crear un cuerpo interno desde el cual se pueda vivir una ponencia de manera orgánica, sin tener que leer ni mostraros como un robot llegando a poder decir lo mismo de distintas «maneras».


En el parlamento por excelencia, que es el texto que surge de vivir la vida, ya sois creativos naturalmente sin necesidad de programación. A veces sois protagonistas y otras antagonistas. Tenéis deseos que cumplir, personas a las que convencer. A veces sois vosotros los convencidos. Todos esos escenarios y parlamentos se viven con un cálculo muy preciso (algo que no argumentaré ahora), pero que curiosamente no tiene una preparación. La vida, a nivel de texto, se va escribiendo. Se va hablando. Se va haciendo. El cuerpo del discurso tiene que ser diseñado de esta misma manera para que ese ir haciendo en el atril sea posible. Por un lado, tomamos las escenas naturales de la vida como método para el estudio, y por otro decidimos que el estudio de ese método tiene que ser lo más próximo a la organicidad de esas escenas naturales de la vida. No es una tarea fácil, pero es la más efectiva. No es imitar a la naturaleza, sino dejar de intervenir en ella.


Ejercitar la improvisación marcará la diferencia entre un discurso arquetípico y otro innovador. Los auditorios reclaman oradores que puedan hablar directamente al público sin necesidad de leer y quieren sentir que aquello que el orador está diciendo lo dice en particular para ellos, o sea, por primera vez. Se aplaude la espontaneidad, el ingenio, el contacto real tanto con el discurso, como con las personas que lo oyen. Con esto no queremos decir que no sea posible, incluso para un discurso improvisado, partir de unas pequeñas frases que os guíen, especialmente si la exposición es larga. Hablamos de evitar la sensación de que aquello que estamos oyendo sea algo repetitivo o bien esté dicho desde el cansancio (lo que vive el orador después de hacer durante meses la misma ponencia).


¿Por qué, cuando vamos a un concierto de una obra que hemos escuchado durante años, el intérprete es capaz de desvelar aquella partitura con la calidad presencial que la música improvisada y de calidad requiere? Una buena interpretación nos hace vivir real y sinceramente la novedad de la improvisación. ¿Cómo se puede improvisar sobre una interpretación exacta que no deja paso a «inventar» ni una sola nota? En teatro, por ejemplo, se utiliza la improvisación para conocer mejor a los personajes, y también para descubrir cuánto de propio de los actores o del mismo personaje se puede utilizar para interpretar la obra real y sinceramente, aquí y ahora. En el caso de los actores, las herramientas para las improvisaciones son las ideas, la experiencia, la imaginación, el conocimiento del resto de los personajes y de la situación dramática en general. ¿Pero qué ocurre con el orador? El método de la improvisación en oratoria lleva a la técnica el comportamiento espontáneo y centrado que tuvimos en muchas situaciones y que somos incapaces de repetir consciente y voluntariamente, por ejemplo, a la hora de hablar en público. Tenemos constancia de esos momentos en los que estuvimos más acertados, coordinados, brillantes, centrados con la situación, en definitiva, y entonces nos preguntamos por qué, en una situación de mayor exposición, como la de hablar en público, la sensación es la de estar fuera de uno mismo, sintiendo ese malestar típico sinónimo de haber perdido el control de la situación. ¿Por qué no podemos vivir deliberadamente esa experiencia de control y brillantez que a veces ocurre de manera espontánea? ¿Por qué la creatividad es algo tan difícil de evocar?


Las personas dicen: «Hoy tengo una ponencia. A ver qué tal sale». Y en esa expresión uno afirma que hay algo incontrolable que está dependiendo de un destino, de una suerte que se nos escapa a la voluntad. La creatividad es un músculo como el que trabajáis en el gimnasio. Se aprende a vivir en ese abismo de novedad ejercitando la organicidad de la expresión estando dispuestos tanto al acierto como al error. Para la creatividad, «acierto» y «error» son dos palabras sin utilidad.


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