La noción de novedad en oratoria

Actualizado: 25 jul 2020



La característica de la improvisación es que todo sucede por primera vez. Esta noción de novedad es lo que hace que la improvisación, cuando hay un objetivo importante que cumplir, sea algo tremendamente difícil para alguien que no esté acostumbrado a realizar acciones sin estructura, guion o partitura. En todos los ámbitos de la vida se dice que alguien con capacidad de improvisación muestra un mayor nivel de sabiduría. En la música se ve con claridad cómo el sujeto puede superar la técnica cuanto mayor es su capacidad de improvisación, y en el mundo empresarial estas personas creativas se hacen imprescindibles, especialmente en ámbitos en donde los cambios constantes son habituales.


Esta característica de novedad en la improvisación es, al mismo tiempo, uno de los frenos a la misma porque eso nuevo surge, lógicamente, desde un estar fuera de lo que «ya es». Todo lo que ya es, en oratoria, será una repetición, un copiar, aunque ese copiar se pueda hacer con más o menos talento. Cualquier creación, cualquier novedad, sale de un lugar que «no es» y el sujeto que improvisa, al tiempo que expresa algo que beneficia a su objetivo (de oratoria en este caso) también corre el riesgo de expresar algo contraproducente. Esto se ve cuando decimos: «Fue muy espontánea su charla, pero dijo cosas dejándose llevar por la improvisación que no fueron muy oportunas». Una vez que se abre el grifo de la improvisación, todo lo que no esté visto, ajustado, ordenado saldrá en expresión sin vista, desajustado y desordenado, ya que en la improvisación no hay nadie que mida, calcule, evalúe y compare al modo habitual, sino que, precisamente, es la falta de ese modo habitual lo que hace posible que la improvisación tenga paso.


En la época medieval, inicio de la convivencia entre oratoria y escritura, la comunicación fonocentrista contaba con la improvisación natural, ya que era la palabra la que surgía y no la letra, al recordar aquel mismo relato escuchado antes de otro orador. La tradición de la transmisión oral cargaba el ánima del orador a los parlamentos, haciendo que los oyentes vivieran aquel sentir «en» y «de» las palabras que, pudiendo ser escritas posteriormente para el registro y recuerdo, desde el papel, ya no tendrían aquella vivacidad a no ser que la voz alzada las reviviera. Por eso, en la misma época, lo habitual era que los lectores leyeran también en voz alta. Leer en silencio, como hacemos hoy, era una extrañeza, un síntoma de que algo funcionaba mal. En el sonido de la letra al leer el oyente de sí mismo veía el ánima de la palabra y, por lo tanto, su interpretación. Paul Zumthor, sin duda uno de los mejores medievalistas del siglo pasado, comenta en su obra que en los siglos XIII y XIV la lectura era un ejercicio difícil que podían llevar a cabo muy pocos. Es durante la expansión de las ciudades, debido al comercio y al sedentarismo, cuando aparece la necesidad de registro, y es ahí cuando Zumthor resuelve el hecho de que «las ciudades son hijas del escrito».


A pesar de todo, en la época los textos quedarán al servicio de un «ser leídos» en reuniones, con oyentes interesados en las improvisaciones tanto de prosa como de poesía. Aquellos «portadores de voz» no eran como los de hoy. Al recitar sus cancioneros, poemas o textos, hacían también lectura de las pequeñas anotaciones al costado de los parlamentos. Notas musicales para lo cantado y quizás notas interpretativas para lo que tenía que ser leído.


Después de ocho siglos los oradores han puesto el acento en el grafocentrismo, pasando la voz a un segundo lugar en el que, incluso a la hora de mencionar la palabra, se hará tal y como suena en letra escrita. O sea, la palabra «conflicto» será dicha desde la con- ciencia de «con-flic-to» sin tener en cuenta su interpretación. Escuchar a un orador de la posmodernidad decir la palabra «mundo» tal y como se dice «supermercado» es descorazonador. Escribes «mundo» para tu discurso y luego confías en que, al ser conocedor de la lectura, el discurso saldrá «bien». Para este método, y en lo que llamaremos «ganar el ejercicio», no existen las palabras «bien» y «mal» desde el punto de vista de salir airosos. La escritura no suplantará a la improvisación, sino que es esta, la improvisación, la que utilizará la grafología como apoyo a su interpretación.


¿Puede improvisar el músico que necesita tocar con partitura incluso las piezas que ya sabe de memoria? Difícilmente o quizás de manera poco brillante. ¿Tampoco puede improvisar el orador que ha aprendido de memoria su discurso? No. Entonces ¿qué es la improvisación? ¿Por qué unas personas pueden improvisar y otras de talento reconocido no pueden? Le pregunté una vez a un compositor sobre su experiencia con algún músico incapaz de improvisar y contaba que la característica inmediata antes de la improvisación era la expresión de «no sé qué tocar». Lo mismo sucede con la palabra. El orador «no sabe qué decir». En la música, el improvisador escucha paso a paso lo que irá siendo una melodía. De igual manera, el orador que improvisa ve paso a paso las palabras que surgen y que configurarán el discurso. En cierto momento le pregunté al compositor si el músico que no puede improvisar sería capaz de tararear canciones inventadas como hacen algunas personas, incluso aquellas que no son músicos, y me dijo que, probablemente, no.


Como veis, estamos frente a un gran asunto. Las empresas actuales ya no pueden competir en producto o servicio debido, entre otras cosas, a la estandarización de procesos de producción, distribución y comercialización. Por lo tanto, la comunicación empresarial, con la esperanza de que eso la diferencie de otras comunicaciones sociales, políticas o económicas, está siendo el gran reto para un buen posicionamiento en los mercados. La empresa privada está tomando nota de que las voces de sus oradores, las más creativas y expresivas capaces de movilizar y entusiasmar a sus oyentes, son las que marcarán la diferencia y llevarán la competitividad empresarial mucho más allá de los modos de hacer; aquellas competencias típicas del siglo pasado, centradas, como decía, en las calidades de servicio y otros valores de producción o distribución que ya no compiten entre sí. El mensaje, el «cómo» y el «desde dónde» es dicho, forman parte de este nuevo cambio cuántico en temas de comunicación al que nos conducen irremediablemente las nuevas tecnologías. Serán en primer lugar las empresas que más apuesten por la innovación las que acudan a esta comunicación más contundente que ya no se corresponde con los patrones de «nuestro, vuestro, bueno, malo, verdadero o falso».


Insistiendo un poco más en la noción de novedad, esta es aquello que una persona es capaz de hacer por primera vez desde el lugar en donde lo sabe todo sin saber nada. En la improvisación, la medición, el cálculo, la evaluación... se ejercen desde otro lugar y con otros propósitos a los habituales. Y es cierto que cuando una persona es experta en la improvisación tiene la libertad de poder decir cualquier cosa, pero también es cierto que esa «cualquier cosa» será siempre la más ajustada, la más acertada, la más idónea para el objetivo principal que hayáis concretado, si hay formación para ello. Decimos que hay un lugar en donde se sabe todo sin saber nada porque existe en nuestra conciencia un lugar de certeza en donde no es necesario que las cosas aparezcan con precisión. Por ejemplo, el conductor es consciente de que sabe conducir, pero ese saber pertenece a la certeza de una manera que, cuando va a conducir, no dice «cuando me monte en el coche lo primero que tengo que hacer es arrancar el motor». Simplemente se monta y arranca el motor e incluso esta acción espontánea podría permitirle ir pensando en otra cosa al tiempo que conduce. La improvisación surge también de este campo de certeza. Tenemos plena conciencia de que sabemos conducir, pero decimos que «no lo sabemos» porque en la acción no lo tenemos presente. No es algo que «da que pensar» sino que es algo ya pensado y sabido. La certeza no aparece. Simplemente, es. No es algo que surge como podría surgir un aserto, sino que es algo que permanece y sostiene toda nuestra actividad «improvisativa».


Para este método, y llegados a este punto, la persona que improvisa «sabe», mientras que la persona que no, simplemente «cree». La improvisación efectiva es aquella que se centra en un saber dialéctico, mientras que la improvisación torpe o nula es la que surge de creencias y afirmaciones que no tienen reflexión.



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