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La pseudociencia en la oratoria

Actualizado: 25 jul 2020


Me interesan todos los movimientos de «despatologización» de lo que formalmente no se adapta al arquetipo aceptado y triunfalista de una oratoria obsesionada con los estándares de producción y corporativización del antiguo capitalismo. No es que yo sea una antisistema o haya caído en la ingenuidad del marxismo contemporáneo, pero que el capitalismo hace aguas y ha afectado a nuestra comunicación oral es algo evidente.


En esta producción de un saber sobre nosotros mismos a la que se refería Preciado surge también una necesidad orgánica de acción, cuya espontaneidad no se corresponde a los mandatos políticos y aceptados en oratoria. Este modo de hacer espontáneo ha sido puesto en cuarentena por corrientes como la New Age, el PNL, el Mindfullness y todo tipo de terapias, centradas en corregir emociones y acciones contraproducentes para el crecimiento empresarial, provocando en una gran parte de la sociedad profesional, inconscientemente disidente de las estructuras sociopolíticas, una inseguridad muy conveniente para el descarte del desarrollo de esta nueva palabra transformadora de los auditorios que, sí o sí, se acabará imponiendo en las próximas décadas. Por un lado, el orador intuye una nueva palabra, un nuevo modo de hacer empresarial, y por otro los centros creadores de cultura empresarial y formación se encargan de con- fundir esta intuición acertada en actitudes a corregir a través de las terapias.


En los últimos años ha ocurrido un fenómeno muy particular en las formaciones empresariales a las que podemos incluir los cursos de oratoria. El fenómeno empezó por el intrusismo de determinados formadores en el campo de la psicología, la psiquiatría y la pedagogía y, en la última década, ya son los empleados los que, para referirse a ellos mismos en sus bloqueos en la oratoria, por ejemplo, utilizan sin mucho conocimiento las palabras «inconsciente», «histeria», «neurosis», «patología», «síndrome», «obsesión», «depresión», «fobia», «miedo», «trauma», «bloqueo», «terapia», etc. Hace un par de décadas se utilizaba la palabra «tristeza» para definir una etapa de duelo. Hoy en día, la misma persona se refiere a ese estado como «depresivo» y acude al doctor para que, a través de cualquier medicación, le saque de ese sentimiento. Para Fernando Colina, psiquiatra, investigador, ensayista y director durante más de treinta años de los hospitales psiquiátricos Doctor Villacián y Río Hortega, ambos en Valladolid, no sería normal que una persona no sintiera tristeza en un período de duelo, y esto no significaría algo patológico.


¿De dónde surgen todos esos enunciados que las personas asumen como rasgos de su personalidad? Durante años, la filosofía del lenguaje defendía que decir algo era simplemente «expresar un enunciado sobre la realidad, el cual podía ser verdadero o falso». J. L. Austin, filósofo del lenguaje y autor de Cómo hacer cosas con las palabras y Teoría de los actos del habla, hizo dos definiciones respecto de los enunciados. Al anteriormente citado lo denominó «constatativo», pero revolucionó la visión enunciativa cuando desveló aquellos enunciados que no describen ni enuncian nada, por lo que no podían ser verdaderos o falsos, pero lo que hacían era «realizar una acción». A estos últimos los llamó «performativos».


Las personas que usan un lenguaje performativo con terminologías complejas y desconocidas para ellos tendrían que repasar el lenguaje con rigor, ya que estas terminologías, no por ser desconocidas, dejan de tener acciones asociadas y que funcionan con total autonomía en el hablante. Cuando alguien dice «Me obsesionaré con el discurso» le pregunto a la persona qué está queriendo decir con «obsesión». Joseph Daquin (1732-1815) habla en De la filosofía de la locura a la higiene del alma de hacer hincapié en «la dulzura en el trato» y la importancia de escuchar a los locos. Si nos situamos en la época, no cabe sino señalar lo revolucionario de su propuesta. De la misma manera, yo invito a que las personas que han llegado a crear todos esos enunciados performativos sobre sí mismos se traten con dulzura en el momento de cualquier formación, dejando el campo interpretativo y correctivo en manos del director de escena o de su profesor. No es por acudir a la expresión banal de «cualquier tiempo pasado fue mejor», pero, en este caso, querría recordar a los mayores de cincuenta años e invitar a los menores a la historicidad.


Hubo un tiempo en donde nadie se espantaba cuando, sin formación sobre algún asunto, lo que surgía en la práctica era un error. Tenemos que ser capaces de ser mucho más creativos en el aprendizaje, siendo capaces también de asumir cuantas más diversidades, mejor. Errar en lo nuevo no es un síntoma patológico, sino lo natural, y lo que sí que se podría juzgar de locura es la exigencia de perfección fuera de la experiencia. Es patológico que os pidan resultados en algo que desconocéis sin que los responsables os ofrezcan una formación técnica. No hablo de formaciones personales, sino técnicas. Las formaciones tienen que estar volcadas en daros a conocer aquello que tenéis que vender, por ejemplo, y no volcadas en vuestra personalidad, moldeándola para que podáis dar resultados desde el desconocimiento.


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